Hay gobiernos que gobiernan , otros que comunican y hasta hay algunos que parecen convencidos de que comunicar encuestas favorables equivale a gobernar mejor. En Santa Fe, la administración de Pullaro parece haber desarrollado una curiosa afición por una especie de deporte político de bajo riesgo: mostrar con pompas y platillos los sondeos que siempre le sonríen.
La lógica parece muy sencilla, si una encuesta dice que la gestión marcha viento en popa, se difunde, pero si otra muestra matices, dudas o señales de alerta, probablemente quede archivada por la eternidad en algún oscuro cajón de la casa de gobierno. El problema es que la política no funciona como una galería de selfies donde solo se publican las fotos que favorecen el perfil.
Publicitar sistemáticamente a encuestadores afines puede terminar desgastando la credibilidad de cualquier gobierno, porque la ciudadanía comienza a percibir que las consultoras en cuestión, dejan de ser instrumentos de medición para convertirse en simples extensiones del aparato de comunicación oficial. Y cuando eso ocurre, la confianza en los números se termina erosionando rápidamente.
La historia política está llena de ejemplos donde la sobreexposición de sondeos favorables produjo exactamente el efecto contrario al buscado, primero aparece la autocomplacencia, después, la desconexión y finalmente, el artero golpe de la realidad. Los especialistas en comportamiento humano conocen bien dos fenómenos que ayudan a explicar este proceso: el sesgo de autocomplacencia y la cámara de eco.
El primero funciona como un escudo psicológico de los candidatos, los éxitos son mérito propio; los fracasos, responsabilidad de factores externos. El segundo crea una burbuja informativa donde solo circulan opiniones coincidentes y se filtran aquellas que cuestionan la narrativa dominante. El resultado es una peligrosa ilusión de unanimidad, quedando presos del famoso Diario de Yrigoyen, como le dicen. Cuando un gobierno escucha únicamente las voces que lo elogian, corre el riesgo de confundir aplausos seleccionados con respaldo social genuino.
En este contexto, resulta interesante observar las encuestas que la propia comunicación oficial provincial suele destacar seguido. Cabe recordar que, rumbo a las elecciones legislativas nacionales de octubre del 2025, G y C Comunicaciones había publicado una medición para Santa Fe que mostraba una disputa extremadamente pareja: Caren Tepp aparecía con el 26% de intención de voto, Gisela Scaglia con el 25% y Agustín Pellegrini con el 21%. Otra consultora amigable, Innova había difundido también números similares: Scaglia alcanzaba el 28,2%, Tepp el 25,9% y Pellegrini el 24,7%, todos sabemos muy bien como terminó esa historia en las urnas.
Quizás el dato más llamativo hoy es que las mismas consultoras son las que vuelven a mostrar números favorables al gobernador en los ítems intención de voto e imagen positiva. Lo que genera mucho ruido, no es el contenido en sí de las encuestas, sino, el recorrido que las mismas hacen. El propio diario Clarín publicó en su medio una encuesta con una leyenda que dejo al descubierto un entramado de favoritismo del trabajo presentado: “Así lo refleja un estudio provincial de G y C Comunicaciones, que llegó a Clarín a través de la oficina de prensa de la gobernación local que maneja el radical Maximiliano Pullaro. El trabajo tiene datos nacionales y provinciales”, la idea primigenia es “no dejar nunca los dedos pegados”, este precisamente, no fue el caso.
La repetición constante de una información favorable de los mismos interlocutores tiene límites, una encuesta positiva puede generar cierto impacto, dos encuestas positivas de los mismos autores puede llegar a generar variopintas sospechas. En el instante de la repetición aparece otro problema no deseado: el desinterés público. Cuando los números presentados siempre muestran que todo marcha extraordinariamente bien, el electorado deja de prestarle atención y esa propaganda termina perdiendo toda capacidad de persuasión.
En ese instante de fuerte abrazo comunicacional del oficialismo con las encuestadoras, existe un riesgo todavía mayor: el efecto búmeran. Si se construye a fuerza de números una percepción de apoyo abrumador, luego las impiadosas urnas suelen mostrar una realidad totalmente distinta, ahí mismo, el costo político se multiplica exponencialmente. No solo se cuestionarán los pronósticos, sino también se cuestionará a quienes los promovieron.
La política de nuestro país tiene una larga tradición de enamorarse perdidamente de sus propios relatos, tal vez con la prebenda de hacer cumplir a rajatabla la vieja máxima atribuida popularmente a la propaganda política —repetir una idea hasta que se instale— la cual sigue apareciendo cada vez que el marketing intenta reemplazar a la realidad.Pero hay un insoslayable detalle incómodo: la realidad tiene la mala costumbre de votar y las urnas, a diferencia de las encuestas que llegan edulcoradas desde una oficina de prensa gubernamental, no admiten edición previa.